SEVILLE, SPAIN - NOVEMBER 15: Niña Pastori attends The Latin Recording Academy's 2023 Person of the Year Gala Honoring Laura Pausini at FIBES Conference and Exhibition Centre on November 15, 2023 in Seville, Spain. (Photo by Patricia J. Garcinuno/WireImage)
La industria musical ha cambiado muchísimo en los últimos veinte años, pero pocas personas lo expresan con tanta claridad y honestidad como Niña Pastori. La gaditana, una de las voces más queridas y respetadas del flamenco pop, ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que muchos artistas comentan en privado, pero pocos se atreven a decir públicamente: la música ya no se vive como antes. Y su frase —“Ahora, entras en las oficinas de una discográfica y todo es silencio, ¿venden música o neveras?”— ha resonado dentro y fuera del sector porque describe, casi en una imagen, la fría transformación de un negocio que antes vibraba.
Cuando Niña Pastori recuerda cómo eran las discográficas en los 90 y principios de los 2000, habla de un ambiente cálido, caótico y creativo. Gente entrando y saliendo, discos sonando en todos los pasillos, músicos probando guitarras, productores escuchando maquetas, recepcionistas tarareando estribillos. Era una época en la que el ruido —en el buen sentido— era sinónimo de vida.
Hoy, sin embargo, la escena es muy distinta. Oficinas silenciosas, ordenadores, reuniones por Zoom, gente con cascos mirando pantallas, y un ambiente que podría confundirse con el de una empresa de electrodomésticos, como sugiere la artista. No es tanto una crítica directa como una reflexión dolorosa: la música se ha convertido en un producto más, empaquetado, medido por métricas y diseñado para encajar en listas de reproducción.
El streaming ha democratizado la distribución, pero también ha cambiado la relación entre artistas, sellos y público. Ahora importan más los números que las emociones. Un lanzamiento puede ser excelente musicalmente, pero si no funciona en Spotify en las primeras 48 horas, se etiqueta como fracaso.
Niña Pastori señala que esa obsesión por las estadísticas ha deshumanizado el proceso creativo. Antes los artistas podían desarrollar su carrera paso a paso, con discos que evolucionaban, con errores y experimentos. Hoy se exige inmediatez: una canción debe ser viral, pegadiza en los primeros 10 segundos y compatible con TikTok. Si no, se descarta.
Su comentario sobre las discográficas silenciosas es, en parte, una metáfora de esto: la emoción se ha puesto en mute.
Aunque el flamenco es un género profundamente emocional, con raíces y tradiciones muy marcadas, no ha escapado de la transformación digital. La presión para adaptarse a los formatos actuales también afecta a los artistas más consolidados. Aun así, Niña Pastori ha logrado mantenerse fiel a su esencia mientras incorpora sonidos actuales.
Ella sabe que la clave no es resistirse a la modernidad, sino recordar que la música es energía, alma y cercanía, y que todo eso no puede medirse solo en KPIs. Su carrera es ejemplo de cómo mezclar tradición y modernidad sin perder autenticidad.
Su frase se volvió viral porque, aunque graciosa, es también una crítica social. ¿Cómo puede una industria dedicada al arte sonar tan fría? ¿Cómo es posible que un espacio que debería vibrar con ideas y melodías se parezca cada vez más a una fábrica de datos?
Muchos músicos jóvenes se sienten identificados. La presión por funcionar en plataformas los obliga a crear música “para el algoritmo”, no para las personas. Y cuando entran a una discográfica, lo que debería ser un lugar lleno de inspiración se siente como un edificio corporativo que podría dedicarse a cualquier cosa.
Lo que Niña Pastori realmente pide no es nostalgia de tiempos pasados, sino una reconexión con la esencia:
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música que emocione,
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oficinas donde suenen guitarras,
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equipos que arriesguen,
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decisiones guiadas por el corazón, no solo por Excel.
La industria ha cambiado, sí, pero ella recuerda que el arte necesita ruido, necesita vida, necesita gente vibrando.
Porque al final, como dice entre líneas, una discográfica sin música no es una discográfica. Es un almacén. Y el arte no nació para vender neveras.
